LA ERMITA Y LA FIESTA DEL SOCORRO

Entrando al pueblo, ya desde el «balcón de Socotillo», lo primero que salta a la vista es el atractivo conjunto que forma la Ermita de Nuestra Señora la Virgen del Socorro sobre la que en otro tiempo fue isla de San Pantalaeón, atolón cubierto de encinas, acacias, y laureles. Entre la fronda, la blanca y armoniosa estampa de la ermita, con su breve pórtico y su altivo y grácil campanil que aloja una pequeña campana llamada popularmente «El Campanil» que en mareante volteo lanza al espacio sus sonidos alegres y cantarines los días de la fiesta grande del Socorro.

Como un escudo protector de la Ermita, el contorno de la isleta nos muestra un anillo de rocas, donde las olas estrellan sus furias impotentes después de un largo itinerario, salpicándolas en leves rociones, extendiendo su manto de blanca espuma, rindiendo pleitesía a la excelsa moradora de este templo.

Data su construcción de fecha anterior a la de la Iglesia Parroquial. Fue erigida por la fe y devoción de las gentes marineras de otras épocas que siempre que se hacían a la mar, al pasar por la ría, al pie de la Ermita, dirigían hacia ella el saludo y la oración, implorando el favor y la protección para sus inciertas singladuras.

Desde estos lejanos tiempos, los pobeñeses han sido amantes devotos de la Virgen del Socorro, considerando la fecha del ocho de setiembre como la fiesta mayor, poniendo siempre el mayor interés en su realce y esplendor que permanece inalterable hasta nuestros días.

La mutación de las cosas con el paso de los tiempos nos impide ver ahora el abigarrado colorido de los romeros de épocas pasadas, cuando venían desde diversos pueblos a las misas y a la procesión en sus carros de bueyes profusamente engalanados con flores y guirnaldas, sus carros de caballos bellamente adornados y lujosamente enjaezados. Gentes alegres y bullangueras, ataviadas con blusas, anchas faldas, corpiños y pañuelos, portando acordeones, panderetas y tambores, bailando y danzando incansablemente, antes y después del buen yantar regado generosamente con vino y txakoli.

Hoy, la fiesta del Socorro, en esencia, es la de siempre. Las gentes vienen a oír las tempranas misas, acuden a la procesión, festejan el día con renovado entusiasmo, el buen comer y beber están presentes.

La juventud se solaza con la mayor ilusión, bailando al son de extraños instrumentos electrónicos que, en alta resonancia, emiten ritmos de todos los estilos. Pero aquí sigue, si cabe con mayor pujanza, el tradicional txistu y el tamboril, que con sus danzantes notas dan mayor alegría y esplendor a la fiesta. Ahora no vienen peregrinos a pie (salvo excepciones), pero sí en multitud de autobuses y coches particulares que hasta el presente tienen que aparcar en las afueras del pueblo, tal es el inmenso gentío que año tras año se da cita en Pobeña, para participar de la fiesta en el «día del Socorro».

La mayoría de los pobeñeses de todo tiempo han profesado profunda devoción por la Virgen del Socorro, y todos han estado unidos en el respeto, para festejarla, y en todo lo que a Ella se ha referido. Siempre ha prevalecido el orgullo de que los forasteros acudan en multitud a Pobeña en el día de su fiesta.

Les voy a referir una anécdota que nos prueba los sentimientos de los pobeñeses hacia nuestra Virgen. Al no disponer de fechas concretas nos situaremos en Ios años finales de la 49 década de los cuarenta y contemplaremos a las gentes de toda Vizcaya echándose a la calle, alborozadas, con extraordinario regocijo, para ver el paso de la Virgen de Begoña, que había salido de su Santuario para visitar todas las parroquias de su Patronazgo.

En Pobeña fue acogida con el mayor entusiasmo, con arcos de flores, estallidos de cohetes y cánticos. Previamente se había acordado que la Virgen del Socorro la acompañase en la despedida de la jurisdicción municipal. A tal efecto, fue instalada en un camión a modo de carroza floreada, en cuyo emplazamiento y adorno participó la mayoría de los vecinos.

Como estaba previsto, la Virgen de Begoña fue acompañada por la del Socorro, y muchos vecinos se sumaron a la comitiva. Ya de regreso por San Juan, se hizo tarde y se vino la noche. Como el camión tenía que estar listo para su ocupación habitual del día siguiente, se acordó dejar a la Virgen en la Iglesia de San Juan, hasta mejor ocasión para trasladarla a Pobeña lo que ocurrió dos días más tarde. Como el día era festivo, había mucha gente de asueto, entre la que se hallaban dos personas que habían estado totalmente ajenas al acontecimiento y al viaje de las vírgenes; ellos se encontraban allí como todos los días de fiesta. Debo manifestar, de aquí lo anecdótico, que las referidas personas eran de Pobeña y que, por lo menos en apariencia, nunca se habían ocupado de las cosas de la Iglesia; estaban muy distantes de santos, vírgenes, iglesias y ermitas. Encontrándose entre la gente, habían oído comentar a unas personas que estaba cerca la circunstancia por la cual la Virgen se iba a quedar en San Juan. Entonces, se aproximaron al grupo que también era de Pobeña y uno de ellos preguntó:

-¿Es verdad que la Virgen se queda aquí?

-Sí. Se ha hecho tarde para ir a Pobeña - le respondieron.

-Pues mal hecho. La Virgen nunca se ha quedado fuera.

Y dirigiéndose al otro amigo, le interpeló:

-¿A ti que te parece?

-Estamos de acuerdo. A la Virgen no se le ha perdido aquí nada. Todos sabemos dónde está su casa.

Efectivamente, dos días después regresó a «su casa», como dijo el buen pobeñés, y seguro que se dibujaría en su rostro una sonrisa de satisfacción. En apariencia, (dije en apariencia?, ¿quién más cerca que ellos?.

Estas dos personas hace tiempo que nos dejaron, privándonos de su amistad y cordialidad. Permítanme que silencie sus nombres. Eran dos hombres de Pobeña. Eran dos pobeñeses. Y ser pobeñés es amar todas sus cosas, sus costumbres, sus tradiciones, a sus antepasados, su historia.

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