(Muskiz, 1953) Cuando nos anuncien el fin del mundo, Miguel González San Martín lo esperará sentado en Pobeña, cerca del golden gate municipal, el puente de hierro pintado de azul niño que une el peñón y la playa. Pobeña es un espacio casi perdido, el breve patio abierto de la infancia donde todas las cosas o sucedían o venían a suceder, pues sólo entonces cobraban realidad.
Por eso no es de extrañar que en este lugar repostara la extraña aviadora de la cabellera suelta, o H., el ex-dictador alelado. ¿Dónde si no en Pobeña, la patria chica de un fundador de ciudades en la costa norteamericana del Pacífico? ¿Qué importa que el fundador no naciera en Pobeña, sino en Perú? Aclaremos que los pobeñeses nacen donde les viene en gana.

Pero Pobeña es también el espacio de la memoria capaz de conciliar a unos émulos de los Beatles con sus ancestros carlistas, y de celebrar una festividad cuyo origen se remonta a un generoso cargamento de tabaco. Un lugar imaginario que descubre la existencia de las cosas y de los sucesos más cercanos como un retrato del mundo.

Imaginación, sensibilidad y, sobre todo, mucho humor esparcidos por este puñado de buenas narraciones que bastarán para dar fama eterna a un pueblo que no queda muy lejos de Bilbao, y a un autor, Miguel González San Martín, que con este nuevo libro rompe con su leyenda de lúcido escritor que interpreta la vida desde un rincón secreto.

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LA TREGUA

El sábado de gloria, tras los tres días terribles del combate, amaneció lloviendo sobre los muertos esparcidos en todas las posturas entre los brezos y las argomas, y comenzó la tregua sin que nadie la ordenara.
El cuarto Mateo y Julio Gaztañaga contemplaban la carnicería desde la misma altura pero separados, frente por frente, en el anfiteatro de la batalla. El cuarto Mateo, espectador desde Pico Ramos, en desenfilada de las baterías Krupp instaladas por los liberales en el monte Janeo, sujetaba el catalejo con una mano y con la otra tomaba notas con el fin de redactar un opúsculo para el que tenía ya título: El sinsentido de la bayoneta tras la batalla de Sedán. Julio Gaztañaga, cruzado voluntario de la causa carlista, sentía, junto a la rabia por la pérdida de tantos compañeros, una creciente piedad también por los soldaditos de recluta abatidos con fiereza por Dios, la Patria y el legítimo rey, Carlos VII.
El cuarto Mateo se consideraba un observador imparcial de los desastres de la guerra. Con el mismo desdén se refería a los sueños venecianos del pretendiente que a los vaivenes ideológicos del general Serrano, otrora favorito de la reina castiza. La misma consideración le merecían los aldeanos mojigatos que los quintos liberales. El sitio de Bilbao le había obligado a alterar sus costumbres y se distraía de los melancólicos días pobeñeses contemplando la batalla. En el valle, los soldaditos de pantalones rojos, capotes azules y negros roses cruzaban el río una y otra vez, con insensato empeño, y trepaban hacia las trincheras carlistas de Montaño cayendo a mansalva bajo el fuego rasante, enredados en las fogatas y pedreras. El cuarto Mateo fue de los pocos que defendió a Moriones cuando se empeñó en febrero en la toma por las bravas de la cota mas alta. Sin embargo Moriones se vio obligado a ceder el mando tras la carnicería que conmovió al país y a toda Europa, y vino a mandar el ejército el general Serrano, conocido popularmente como el general Bonito desde sus tiempos de galán de la reina Isabel, duque de la Torre y presidente de gobierno de un país que no se sabía qué era, si monarquía o república.
Serrano se alojó en Somorrostro, en el palacio de Treto, donde recibió a los notables locales simulando no advertir el azoramiento de quienes habían tenido alguna vez veleidades integristas o querencias alfonsinas. No hubo baile porque lo desaconsejaba la gravedad de los acontecimientos, pero todo resultó muy fino. Al cuarto Mateo no le pasó desapercibida la conversación del general con el párroco de San Juan del Astillero, don Ambrosio Galindo. Ya la presencia del cura en el convite le resultó chocante. A nadie se le ocultaba que la mayor parte de los curas habían predicado la cruzada, y que en muchas sacristías se habían confeccionado las listas de voluntarios, eso sin contar a los curas trabucaires que se remangaron la sotana y se echaron al monte. Por eso al cuarto Mateo le sorprendió al principio el palique entre el general y el cura, hasta que llegó a una sentencia que resumía su visión sobre el comportamiento del clero a lo largo de la historia: Gane quien gane no le faltará capellán.
Julio Gaztañaga se había echado al monte por lo mismo que lo hizo su padre en los años treinta, por la reli-gión, las costumbres de siempre y un rey como Dios manda. Cuando le convocaron para sublevarse no dijo ni sí ni no, se limitó a tomar, sin más, el escapulario de su padre que colgaba en la cocina de casa: "Detente bala".
Al principio los carlistas concebían la guerra como movimientos de partidas que iban y venían por el monte, combatiendo poco y en franquía, y aprestándose con rapidez a la retirada. Los combatientes bajaban a menudo a sus pueblos y pasaban unos días de licencia escondidos en los pajares de sus propias casas. Pero cuando se sintieron fuertes, a los generales carlistas, sobre todo a los más viejos como Elío y Andéchaga que habían combatido en la guerra anterior, se les metió en la cabeza sitiar Bilbao, repetir la historia obcecadamente. Rodearon la ciudad y fortificaron sus propias posiciones en los altos para defenderse del ejército que habría de venir en ayuda de aquella ciudad de mercaderes ante la que murió el mártir Zumalacárregui.
Mientras anduvo de acá para allá, Julio Gaztañaga sobrellevó buenamente la vida de milicia, pero ahora se le hacía muy dura la contemplación de su pueblo desde las trincheras de Montaño, adonde subían los guiris en oleadas para hacerse matar como conejos. Miraba y remiraba el pueblo, el monte Janeo desde donde la artillería liberal les obligaba a vivir como los topos, el castillo de Muñatones y la iglesia de San Juan, convertidos en polvorín y hospital por los nacionales, miraba el mar, tan ancho desde su altura, la playa, Pobeña, el tejado de su propia casa.
Un día vio aparecer un jinete negro con bandera blanca que subía a duras penas por la escarpadura. Julio tenía buena vista y mejores piernas, de modo que el centinela aún estaba pidiendo el santo y seña al cura cuando Julio ya sujetaba la brida de la mula.
-Don Ambrosio, ¿no me reconoce? -preguntó.
El cura lo miró sin prestar mucha atención:
-Pues así, la verdad, con ese pelo y esas barbas, puedes ser cualquiera -respondió.
-Gaztañaga, de Pobeña.
El cura tenía el pensamiento en lo que le traía y se dirigió primero al centinela.
-Quiero ver al general Elío -dijo.
-¿Tiene usted noticias de los míos? -preguntó el soldado.
-De haber muerto alguno me habría enterado -contestó el cura a lo bruto, más atento a lo que esperaba.
-Es el caso que a mi mujer le corresponde estar ya fuera de cuentas -insistió Julio.
-Tú sabrás.
El centinela regresó con el comandante del batallón.
-El general en jefe se encuentra despachando con el rey -explicó tras las presentaciones.
-¿Y quién está al mando? -Ahora mismo hay tres generales: Lizárraga, Velasco y Larramendi .
-Quiero verlos en seguida.
-¿A los tres?
-A los tres. Traigo un mensaje personal del general Serrano.
Julio Gaztañaga llevaba la mula por la brida cuando el cura se dirigió al puesto de mando. Juzgó conveniente dejar pasar un tiempo hasta volver a preguntar por lo suyo.
El ataque más atroz, el que provocó tal carnicería que sobrevino la tregua ante la contemplación de los muertos, 82.se había iniciado en toda la línea de frente, desde las altas de Galdames hasta el mar. Tras amagar de nuevo Montaño, Serrano encaminó el grueso de su ejército hacia Altamira y Pucheta, y durante tres días negros y blancos se mataron salvajemente. Los nacionales eran mas, y mejor pertrechados, pero los carlistas aprovechaban sus mejores posiciones sobre el terreno. La línea de frente se estiró tan sólo hasta Murrieta y San Pedro de Abanto, y eso con un alto precio de sangre. Al cuarto día se puso a llover a cántaros cuando ya se empezaba a extender por el valle el olor terrible de los muertos. Con la lluvia llegó la tregua, sin que nadie la ordenara. Salieron voluntarios de uno y otro bando y cavaron cinco fosas gigantescas en las campas que separaban sus posiciones, campas que se llamaron desde entonces del Mortuero. Se dijo que fueron más de ocho mil los enterrados, liberales y carlistas igualados en la muerte. Durante la semana de pascua no se disparó un solo tiro y con la calma menudearon las visitas de confra-ternización entre los contendientes.
-¿ Hay palabra? -se pedían licencia de una trinchera a otra.
Lo hacían no sólo los de clase de tropa sino también algunos oficiales que habían sido compañeros antes de enemigos. La contemplación de tanta vida tronzada había remansado los ánimos y así llegaban a hablar incluso de las razones de la guerra.
-Los españoles quieren un rey.
-Sí.
-Los políticos lo buscan por las cortes europeas.
-Sí
-Pues nosotros tenemos uno, que es el legítimo y les gustaría..
-No es así de sencillo.
Julio Gaztañaga acompañó al cura hasta la tienda de los generales y se quedó a esperarle con la disculpa de cuidar la mula. Llegaban hasta él retazos de la conversación.
-... Se reconocerán los empleos de generales y oficia-les y se buscará a los de clase de paisano un destino civil con el doble de sueldo del que anteriormente tuvieren.. .
La mansa lectura del cura fue interrumpida bruscamente por una voz acostumbrada a hacerse respetar.
-¡Basta! -dijo-. No queremos saber nada más de quien no comience su mensaje refiriéndose a don Carlos de Borbón como legítimo rey absoluto de España.
El cura intentó esquivar con humildad y razones la chulapería cuartelera y se las arregló para conseguir que informaran a sus superiores, lo pensaran con calma y le dieran respuesta al cabo de dos días. En la puerta, manso aún, se encontró con su paisano.
-Queda con Dios, Gaztañaga, dentro de dos días te daré noticia de los tuyos.
-Gracias, don Ambrosio. Y dígales que yo, mal que bien, me apaño.
Aquellas dos noches Julio soñó con los muertos. La trinchera carlista resguardaba por igual a los vivos, blancos y negros, hermanados en el miedo a aquel otro terrible ejército que salía de las fosas de Murrieta y subía a Montaño con paso lento y solemne. Nada podía contener a aquellos soldados implacables, nada los podía matar porque ya estaban muertos. El rey Carlos vestía de capitán general en los sueños mientras esperaba una muerte honrosa. Besaba la cruz de la bandera y miraba por turno a la virgen de los Dolores, generalísima de su ejército, y a la reina doña Margarita a cuyos pies ya nunca rendiría la corte madrileña. Luego daba con gesto gallardo la orden postrera: -¡Armen bayoneta! Julio Gaztañaga despertó los dos días sintiendo el frío del muerto que le tocaba ensartar, que lo miraba sonriente y ajeno, de vuelta de todo, y le ofrecía cobijo bajo su ensangrentado capote. Despertaba murmurando que no quería morir sin conocer al niño que estaba al llegar.
-¡Qué ganas tengo de verle las orejas! -les decía a los compañeros.
A los dos días vio de nuevo al jinete de la bandera blanca. Como la vez anterior, bajó corriendo en su busca.
Saludó, tomó la brida, pero, como se había prometido, no quiso interrumpir los pensamientos del mensajero. Lo acompañó de nuevo hasta la tienda de los generales.
La respuesta fue que no. El cura les habló de los desastres de la guerra, de las ventajas de la paz y, cuando los creyó distraídos, sacó la última baza que traía en la manga de su sotana.
-Dice el general Serrano que, en el mismo momento en que se firme la paz, convocará un plebiscito para que sea el pueblo quien decida si quiere de nuevo un rey y, de ser así, que diga su nombre.
La oferta era verdaderamente generosa y el cura les propuso que se quedaran un rato a solas para debatir a sus anchas. Salió de la tienda y reanudó con Gaztañaga la conversación aplazada.
-Has tenido familia, Julio.
-¿Qué ha sido? -preguntó el soldado con impaciencia..
-Otro chico. Lo bautizamos mañana domingo, que no es cosa de dejar el sacramento para cuando bajes del monte, si bajas.
-Quiero que se llame Lucio.
-Como Séneca.
-Igual que un amigo navarro que me mataron.
-A ver si sale al que digo yo, que era un gran sabio.
-Mejor que salga al navarro, que era bueno y alegre.
Los generales llegaron a la conclusión de que Serrano debía de vérselas mal cuando se mostraba tan generoso, y se mantuvieron en la negativa al entendimiento. La respuesta se la dieron al cura por escrito: "... Nada tenemos que ver con la moderna y errónea idea de la soberanía nacional. Los hombres no eligen al padre que los engendró, ni eligen la patria en la que vie-ron la luz, ni al Dios que lo tenía pensado todo mucho antes de que ellos nacieran. De la misma naturaleza, de origen divino, es el derecho de los reyes legítimos. No tiene sentido para nuestro credo poner la monarquía en pública subasta. La paz sólo tiene tres condiciones: Dios, Patria y Rey. Quien no acepte alguna de las tres es el verdadero causante de la guerra..."
-Y no suba usted mas, pater, que todo está dicho.
Durante la semana que duró la tregua quedó patente el cansancio de los combatientes. No habían imaginado que la guerra durara tanto, y menos que se llegara a aque-llas escabechinas. La proximidad de sus posiciones les lle-vó a una mayor comprensión del otro, y la desgana por las cosas que sobrevienen tras la contemplación de los muertos les hizo relativizar las razones de la guerra. Los liberales empezaron a pensar que los carlistas, siendo tan brutos, no eran gente de mala entraña, y los carlistas llegaron a compadecer a aquellos pobres soldaditos que venían desde tan lejos para morir en tierra ajena. Durante una semana no se disparó un solo tiro de fusil, y las baterías de Janeo gastaban en salvas a horas convenidas. Apenas separados unos metros, bromeaban, se dedicaban coplillas y jotas.
Llegaron a un punto las cosas que los generales de ambos ejércitos temieron las consecuencias del relajamiento. No es lo mismo una tropa que pelea por una causa que si lo hace desganada, y más grave aún resulta la pérdida del odio. Sin el odio es muy difícil seguir adelante cuando la línea se desmorona y crece el estruendo, el humo, el griterío de los heridos. Si los soldados acudieran al combate tan sólo movidos por el temor a los revólveres de sus propios oficiales, acabarían rebelándose contra ellos. En la guerra es fundamental la siembra de los sentimientos hacia la patria o la idea, la fe en la justicia del combate y en la malicia del enemigo, la venganza de los propios muertos y el desprecio por los ajenos, el odio de los combatientes, que insufla valor por encima de lo razonable.
Así acabó la tregua y otra vez las bombas atronaron el valle y la infantería liberal cruzó en oleadas el río para estrellarse contra las rampas de Montaño. Julio Gaztañaga miraba el tejado de su casa y pensaba en Lucio.
-¡Qué ganas tengo de verle las orejas! -les decía a los compañeros.

Pobeñeses. Ediciones Bassarai ISBN 84-89852-38-3